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Amara, la maga vacía

  • Foto del escritor: Adrian Gonzalez
    Adrian Gonzalez
  • 12 nov 2021
  • 3 Min. de lectura

Dulce al igual que la miel, trasparente cual manantial, frágil como un pétalo, una semilla sin espinas en el tallo; radiante y esplendida como el sol, su fragancia era primavera y su amor el calor veraniego. Atributos de una adolescente Amara. Maldecida con un don tan poderoso que corrompió su alma pura.


Los sucesos ocurrieron al caminar los jardines de la colina Petrrow, donde el cementerio familiar yacía. Diez generaciones de los Duvau enterradas, siguiendo las costumbres del paradero de cada linaje, algún día, Amara tendría su propio lugar. Honraba a sus ancestros y regaba las flores que los adornaban. Las animaba con cantos para qué nunca se marchiten y protegía en invierno sus raíces.


Al decimoquinto invierno algo se desató en uno de sus paseos, un mal que escondida muy en lo profundo, y que si hubiera tenido la oportunidad; se habría negado.


La consumada por el arte negra, esparcía la peste matando lo que por tanto tiempo cuidó y revivía a los muertos, antepasados ya de puro huesos, se irguieron ante la bruja negra; una nueva nigromante nacía.


Su aspecto cambió, su aura se dobló, cada pieza de bondad, había muerto aquel primer día invernal: cuando los muertos echaron andar.


Por cuanto tiempo buscó aquel tomo, ¿tal vez décadas? Era tan solo una niña cuando decidió embarcarse en tal destierro. Desconocía su herencia familiar y vagaba sola en tierras de hombres. Era innato el poder de alzar a los muertos y por eso le llamaban bruja. El fuego parecía ser su peor enemigo. Vástagos de reyes intentaban que ardiera y pronto se convertían en esclavos esqueléticos o almas en pena llamadas consejeros, dependiendo de qué tan necesario eran para la muchacha.


Ahora era tiempo de descansar, e intervenir en la ardua lectura del Necronomicón, un lenguaje perdido entre la muerte y antiguos ancestros. Un habla pesado, de largas palabras y corto significado. El manual contraía poder propio. Se decía que ejecutar hechizos desde sus páginas era condenarse a uno mismo.

A eso se refería aquella alma, a la que le extirpó el único volumen mágico, creado de la corteza del árbol de la vida.


Acontecimientos naturales se avecinaban a su alrededor, nubes negras y tempestades, comenzaban a rodear a la ahora mujer. Solo necesitaba invocar un hechizo.

Toscas palabras se formaban de su lengua y el libro se elevó, destrozando el atril de piedra. Las tumbas se abrieron, dejando paso a los muertos. Cuervos curiosos se posaban alrededor. Y las almas en penas, convertidas en fantasmas, intentaban detenerla.

Recitó las últimas palabras del conjuro y las páginas se separaron del tomo. Caían incandescentes en un irrepetible uso.


—Eres poderosa, puesto que no has explotado al invocar algo tan riesgoso —las palabras venían del Necronomicón.


—Te encuentras a servicio de Amara, reina del inframundo —un aura envolvió el libro castigándolo—, dame lo que he concebido del antiguo habla.


Una voz chillona salió del libro, riéndose de Amara y esto la enfureció. La voz era burlona y no podía contenerse y dijo entre risa.


—Es imposible que recobres lo que nunca tuviste.


—¿De qué hablas imberbe criatura?


—Naciste sin un corazón, Amara, no puedes recuperarlo.


—Todo humano debe tener uno.


—Eso es lo que no eres. Fuiste creada de un maniquí. Como tus servidores.


A pesar de no tener corazón, la carcasa de la bruja estaba podrida. Fue luego de perder el gran libro, que dio regreso a su antiguo hogar. Un pequeño pueblo al sur en las tierras nevadas. Laramento vivía del comercio veraniego teniendo que resguardarse cual oso ante el funesto invierno que azotaba las cabañas.

Una acalorada bienvenida fue estrechada en la amargada Amara, por parte de sus padres adoptivos, y es que, sintió el calor de sus almas. «Un corazón» pensaba entre deseos.


Pues era reacia al entendimiento de la raza creadora, sin conocer de dónde emergían los sentimientos, abrió de par a la madre en primer sitio. Bañada entre la sangre de un corazón que latía en un sufrimiento extremo de la mujer, intentó adoptarlo y este murió.

Al padre le dio el mismo destino. Hermanos y sobrinos siguieron sus pasos. El árbol genealógico pronto se unió a la masacre. Tumbando los cadáveres en la sala ejecutó un nuevo plan, capturando las almas, «eso debe ser la razón de su sentir», y nuevamente en un equívoco movimiento padeció ser un muñeco.


Las almas en su interior le ruegan en bocanadas de palabras ser libres.


—¿Cuál miserables tenemos que ser para que estés satisfecha? —aullaron.


Amara seguía siendo un pálido ser hueco que lloraba lagrimas que no le pertenecían. Ni a ella, ni a la magia, ni al mundo, solo a las personas que alguna vez la amaron.




 
 
 

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