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EL CANTO DE LAS GOLONDRINAS

  • Foto del escritor: Adrian Gonzalez
    Adrian Gonzalez
  • 23 ene 2021
  • 4 Min. de lectura


Vibraban tensas a la suerte de las órdenes del general, cuerdas herbadas a hilo, por manos delicadas de las mujeres de Moro. Era el cuarto día de combate cercano a las montañas del reino del Norte. Rugían los soldados envalentonados y también lloraban de dolor. Nadie estaba absuelto del sufrimiento en cuanto el filo del acero se abría paso en la tierna carne.


—¡Disparen! —al fin la orden surgió de entre la garganta del cansado comandante.


Solo el rose del machete bastó para que la tensión de las cuerdas fuera liberada. La piedra de al menos unos veinte kilos, salió despedida fuera de la vista de los artilleros y cargadores, en un segundo.


Llevaban días con el racionamiento a medias y luchaban por hacerse de la laguna de Meriaan. Apenas alcanzaría para darle cobijo un par de noches al ejército, era eso, o morir cubierto de nieve.


El invierno no tardaría en caer, llevaban demasiado tiempo en tierras ajenas y apenas alcanzaban las provisiones enviadas desde el reino. En cuanto los caminos se cubriesen de nieve, nada arroparía al ejército de Moro.


—Corrijan las coordenadas de las balísticas del Norte —una bandera amarilla y roja se alzó— veintidós grados sur, inclinación diecisiete —a la orden otra salva de rocas fue lanzada.


Una de las cualidades destacadas de Moro era la precisión. Practicaban asedios con la primera fila en la lucha. El proyectil caía algunos metros por delante de los aliados, sin inmutarse ante el impacto y la embestida del proyectil. Dándoles ventaja al estrellarse, causando conmoción y sorpresa, en los enemigos.


Su plan consistía en abrir una brecha gracias a piedras redondeadas y lanzadas con cierta inclinación, rompiendo la primera línea y avanzando mientras aplastaba la zona más endeble de un ejército, su centro.

—Apertura realizada —levantaba la moral el comandante—, mandemos a estos bárbaros a casa —gritó—, posición de Artemis.


Los arqueros blandieron las máscaras que hacia honor al mejor de las tierras de Creatina. Una leyenda entre los hombres. Aquel que era capaz de un disparo perfecto sin el uso de artilugios, merecía más que estatuas, calles con su nombre y cantos de sus hazañas.


—Tercera y quina línea —dijo el hombre al mando.


Flechas planearon por los fríos parajes montañosos. Silbando cayeron a la retaguardia enemiga. Si el plan de Equios daba resultado, la batalla acabaría antes que el sol se posara sobre sus cabezas. El descenso gélido era lo que le preocupaba al general, mucho antes de planear arrebatarles Meriaan.


El terreno era la mejor defensa del reino del norte. Famosos de resistir largas jornadas al pie del combate. Y ese mismo momento, cuando el propio Equios, en primera fila cargaba la máscara imperial; empujando adelante a sus compatriotas, sin temor, sin cansancio, sin piedad.


Fue cuando el general quedó estupefacto, al ver máscaras utilizadas por los guerreros norteños. Artilugios de granitos rodeaban sus comisuras. Así como el duro material, cubrió al enemigo, capaz de rechazar las flechas, cual palillos lanzados a montañas.


—¡RETIRADA! —fue la primera orden dada por la propias palabras de Equios en el campo de batalla.


Hasta ese momento, Moro era el único reino utilizándolas. Ignorancia que Equios pagaría con la sangre de cada uno de sus hermanos de armas: gemían, maldecían, suplicaban y sollozaban, daba igual cual fuera el gesto, terminaban siendo aplastados en la tierra nevada por montañas de granito.


Se tiñó de un rojo escarlata el campo y la travesía del ejército dio una retirada absoluta, dejando los recursos necesarios para continuar la empresa.


Tiempo de volver, soldados.


Equios sacudió las finas sedas de su carpa. Hundió el rostro en agua limpia, dejando correr la sangre seca. Separó la armadura de su cuerpo. Y se tendió en la cama cubierto con toallas.

Recuerdos de pobres muchachos corroían la mente del héroe. Sangrantes manos manchadas de jóvenes, hijos enviados a endurecerse, buscar la gloria y ser el orgullo familiar. Soldados que no volverían al calor de su madre, ni serían el orgullo de su padre.


Se presentó un mensajero real y malos presagios para la campaña del general. La carta con el sello real fue depositada en el escritorio.


Equios hizo una seña y el joven mensajero salió lo más aprisa posible.


—Esto es inaudito —vociferó al leer la carta—, volver no se contempla en nuestros planes, ¡Arnerus!


—Señor —se presentó el comandante.


—Dime, hermano, ¿temes morir en el campo de batalla?


—Bajo sus órdenes jamás, señor.


Equios estrujó la carta. Las palabras del rey se perdieron entre bollos y planos.

Debajo de una manta, descubrió una caja, invitando al comandante a que se acercara. La fina tela se escurrió revelando un único artilugio.


—Prepáralos para batallar a los primeros rayos del sol. Mañana tomaremos el reino del norte.

Arnerus asintió, estupefacto al reconocer la máscara hallada en poder de Equios. Unas cuantas eran prohibidas por su poder descomunal, y así, jamás usada ¿Qué desataría su fiel líder al utilizarla? El temor erradicó en el alma del fiel servidor.


En pasos firmes Arnerus se fue a preparar a los hombres, cansados, doloridos y tristes.

Equios reposó la noche en la silla apreciando el fino artilugio.


Se presentaba un clima frio y trabajo arduo para las tropas de Moro, aunque agradecían la lejana tormenta al sur. Meriaan ya no era una prioridad y fuertes retumbares defendían la ciudadela del norte. El ejército era basto y convenían con máscaras, sorpresa que no funcionaría una segunda vez.

Este combate se definiría por soldados a pie, sin caballería, máquinas de asedio o bestias. Equios fue el primero en cargar con el estandarte de su reino en manos y la máscara en el cinturón.


Al llegar al centro del terreno, clavó el asta, flameando la bandera. Alzó en lo alto la máscara y la encajó en su rostro: el canto de las golondrinas. Por fin su poder era desatado.

Con vivida maldad, las máscaras de granito se hundieron y un soplo de alma se escapó de cada habitante norteño. Antes los ojos de Equios, quien exhalaba un canto suave y pintoresco, los hombres caían. Lo que no vio, fue que las armas no entienden de ideales, y los enemigos pueden confundirse, así como su ejército cayó en el mismo embrujo, quedando solo en el campo de batalla.


Spin off de la guerra del Norte del libro “El Legado”

(RELATO CORTO)


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